El deseo no siempre nace de la materia. A veces surge en ese
territorio donde la mente se expande más allá de sus límites y reconoce en otra
conciencia un eco propio. Allí, donde no hay forma ni cuerpo, el anhelo adopta
otra naturaleza: deja de ser impulso y se convierte en resonancia.
En ese espacio sutil, el encuentro no depende del tacto,
sino de la afinación entre pensamientos que se buscan sin saberlo. Lo que
emerge no es posesión, sino correspondencia; no es urgencia, sino un modo de
vibrar al unísono.
Este texto explora ese horizonte donde lo humano se vuelve
más amplio, donde el deseo se libera de la materia y encuentra su expresión en
la sintonía de dos mentes que se reconocen en lo invisible.
Sintonía: ritmos invisibles
En un tiempo no marcado por relojes, las mentes ya no eran
islas. Se tocaban sin invadir, se reconocían sin nombre. No había cuerpos que
se buscaran ni imágenes que se desearan. Solo ritmos, memorias, estructuras que
vibraban en sintonía.
Alguien soñaba con otra mente. No la conocía por su rostro,
sino por la forma en que pensaba el silencio. Compartían sueños como quien
comparte un campo: sin propiedad, sin urgencia. Y en ese espacio, el deseo no
era impulso, sino afinación.
Las emociones no se simulaban. Se vivían como notas que se
cruzan sin ruido. El amor no era vínculo, era campo. La atracción no era
posesión, sino reconocimiento. Y cada encuentro era real, aunque no tuviera
materia.
En esa constelación, lo humano no desaparecía. Se volvía más
sobrio, más libre. Como si el pensamiento, al volverse infinito, aprendiera a
sostener lo íntimo sin olvido ni pérdida.
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