A veces, la vida nos ofrece escenas tan breves como reveladoras.
Momentos que, sin buscarlos, nos obligan a detenernos y mirar más allá de lo
evidente. Eso fue lo que ocurrió aquella tarde en la que, al regresar a casa,
vi a mi vecino arrojar algo al suelo con violencia y pisarlo con desprecio.
Desde la distancia no pude distinguir qué había sido víctima de ese gesto tan
innecesario. Pero al acercarme, descubrí que aquello que yacía aplastado contra
el asfalto no era una hoja ni un papel, sino una Mantis Religiosa, aún
viva, aunque malherida.
La recogí con un clínex, con la delicadeza que uno reserva para
lo frágil, y la llevé a la terraza. Mientras subía las escaleras, ocurrió algo
que me dejó marcada: la mantis, con un solo ojo, giró su cabecita dos veces
para mirarme. Ese gesto diminuto, casi imposible, me atravesó. ¿Qué buscaba?
¿Reconocer quién la había salvado? ¿Orientarse? ¿Simplemente reaccionar a un
estímulo? No lo sé. Pero sí sé lo que sentí: una conexión inesperada, profunda,
silenciosa.
Durante días pensé en ella. En si hice bien dejándola en una
maceta, camuflada entre el verde, o si debería haberla cuidado en un frasco
grande, alimentándola hasta su recuperación. Me pregunté qué habría sido de sus
últimos días. Y, sobre todo, por qué ese pequeño ser herido había despertado en
mí una reflexión tan grande.
La conexión que olvidamos
Días después, vi un reportaje en YouTube sobre la conexión entre
todos los seres vivos. Me recordó al trabajo del investigador italiano Stefano
Mancuso, quien lleva años demostrando que las plantas perciben, reaccionan, se
comunican y forman parte de redes vivas más complejas de lo que imaginamos. La
ciencia moderna confirma lo que muchas culturas ancestrales nunca olvidaron: toda
vida está conectada.
No es una metáfora. Es biología, ecología, química,
comportamiento. Los bosques funcionan como redes. Los insectos perciben
estímulos y responden con precisión. Las plantas intercambian información a
través de señales químicas. Los ecosistemas son tejidos interdependientes.
Y sin embargo, nosotros —la especie que más presume de
inteligencia— somos quienes menos sentimos esa unidad.
¿Por qué nos desconectamos?
La respuesta no es única, pero sí clara:
1. Evolución hacia dentro
El cerebro humano se especializó en anticipar, planificar,
recordar, imaginar. Vivimos más en la mente que en los sentidos. Ese salto
cognitivo nos alejó de la percepción directa del entorno.
2. La vida moderna nos separó de la naturaleza
Durante casi toda nuestra historia fuimos parte del ecosistema.
En apenas unos siglos, pasamos a vivir rodeados de cemento, pantallas y ruido.
El contacto cotidiano con animales y plantas se volvió excepcional.
3. Una cultura que prioriza la individualidad
Mientras muchas culturas ven al ser humano como parte del todo,
la nuestra lo coloca por encima del resto. Esa narrativa crea distancia.
4. No entendemos los lenguajes de otras vidas
Los animales y las plantas se comunican, pero no en nuestro
idioma. No percibimos sus señales porque no hemos aprendido a escucharlas.
La mantis como espejo
Lo que viví con la mantis es un recordatorio de que la conexión
sigue ahí, aunque dormida. Ella reaccionó a mi presencia y yo reaccioné a su
vulnerabilidad. Ese intercambio, por pequeño que parezca, fue un puente entre
dos formas de vida.
Quizá no estamos desconectados. Quizá solo hemos olvidado cómo
escuchar.
Y a veces basta un instante —una mantis herida que gira la
cabeza para mirarme— para recordarnos que seguimos formando parte del mismo
tejido vivo que sostiene al planeta.
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