Pero
el sueño de anoche fue un auto regalo.
En el
atardecer, antes de que la luz de nuestro astro comience a abrigarse bajo
nuestra mirada, surgieron unos rayos de luz tan intensos e inmensos que
provocaron enormemente la atención. Fue como si nuestra estrella se hubiera
dilatado tanto que sus rayos iluminaban en su zona de mayor anchura varios
cientos de km. Llamé al público que se encuentra cercano a mí y quedaron
sorprendidos de este panorama único y maravilloso, pero lo que no ven ellos es
una luz emergente, cercana a la mayor amplitud de un rayo de intensa luz… es
como si nuestra estrella dilatada hubiera expulsado a una diminuta estrella que
es a su vez rodeada de un inmenso aro: su placenta cósmica protectora, que la
cubre en sus primeros respiros. Rodeada de una cúpula de pequeños y diminutos
objetos brillantes — como un sistema inmune estelar — y separada de su interior
se halla una esfera perfecta, y toda ella en veloz movimiento, como si
estuvieran uniéndose en su interior compuestos generando descargas de energía…
En
ese instante pensé en la similitud del origen de cualquier forma de vida: la
que se genera en un planeta y la que le proporciona la vida fuera de él. Que el
nacimiento de una estrella y el nacimiento de una vida son el mismo proceso, a
escalas distintas. El cosmos parece repetir sus patrones: expansión,
protección, estabilización, crecimiento, competencia. Instintivamente sentí que
inmensas estrellas se dilatan al igual que una hembra dilata para poder
expulsar a un primogénito, y que esa pequeña estrella nacida y liberada se
prepara para autodefenderse en un espacio donde las diferencias de energías
provocan de manera automática esa protección inmunitaria maternal que la cubre
mientras estabiliza su heredada energía para poder crecer y hacer frente a las
competencias y desastres de un cosmos que se autodevora — simultáneamente
frágil y feroz, trágico y cíclico, como toda forma de vida a cualquier escala.
Ha
sido placentero, ha sido un sueño más… solo fue un auto regalo.