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sábado, 27 de junio de 2026

La ciudad que se enferma a sí misma



Dicen que vivir en la ciudad lo tiene todo cerca: el médico, la farmacia, el supermercado, el trabajo, el ocio. Todo a un paso. Pero nadie cuenta la otra parte del trato: que ese "todo cerca" viene también con el "riesgo cerca", con "la enfermedad cerca", respirando el mismo aire que tú inspiras, colándose por la ventana entreabierta cada noche.

Sin salir a la calle respiras en tu propia casa olor nauseabundo durante años… son los desagües… de una ciudad descuidada que no soluciona sus problemas reales. No es un olor de un día, de una avería puntual, de un camión de basura que tarda. Es un olor permanente, instalado, que el organismo rechaza porque no se acostumbra a convivir con él como si fuera parte del paisaje. Y mientras tanto, año tras año, esos aires que llevas dentro en los pulmones, que son gases dañinos cargados de compuestos perjudiciales, siguen embadurnando casas, calles y barrios, y nadie da solución a estructuras para acelerar el tránsito de desagües, nadie te explica bien qué son ni qué te están haciendo, se queda ahí, día tras día, año tras año, y las autoridades callando.

Las calles se limpian, sí, pero limpiar no es solo pasar la escoba. Los barrenderos hacen lo que pueden, pero llegan después del desastre, nunca antes. Falta la otra mitad: recordarle a la gente que la calle también es su casa, que el portal de un edificio no es un cubo de basura, que la plaza donde juegan los niños no es un basurero, un botellero ni un cenicero. Nadie hace esa campaña, nadie repite ese mensaje en las paredes, en la televisión, en el colegio. Se da por hecho que el civismo se aprende solo, y no es así. El civismo se enseña, se recuerda, se insiste, y aquí no se insiste en nada.

Y luego está el ruido. El verdadero dueño de la noche. Los bares con mesas en la calle cierran cuando quieren —las dos, las tres de la madrugada— como si la ciudad fuera una isla deshabitada, como si no hubiera detrás de cada ventana un anciano que necesita dormir, un niño que tiene colegio al día siguiente, un enfermo que necesita descanso para curarse. Gritan, ríen, hablan a voces, y nadie controla nada. Las leyes existen en el papel, pero en la calle no las ha visto nadie. Y así, noche tras noche, el descanso se convierte en un lujo que ya no se puede dar por garantizado en tu propia casa.

Ni siquiera el agua se salva. Abres el grifo y el sabor te avisa de que algo no va bien. La recoges en un cubo y ahí está, posada en el fondo, esa tierra que no debería estar. Y entonces te ves obligada a comprar agua embotellada, a instalar filtros que nunca dejan de gastarse, porque lo que debería ser un derecho básico —beber agua limpia en tu propia casa— se ha convertido en otro gasto mensual más.

Y así, sin que nadie lo diga en voz alta, las ciudades se han convertido en lugares donde el negocio más rentable es la enfermedad de su propia gente. Cuanto más enferma la población, más mueve la rueda: más consultas, más medicamentos, más botellas de agua, más filtros, más mascarillas. Y mientras esa rueda gira, los que deberían frenarla —los que tienen el poder de exigir aire limpio, agua potable, calles cuidadas y noches para el descanso— miran para otro lado, porque les falta formación para entender el problema, les falta visión para prevenirlo, y sobre todo, les falta voluntad para priorizar el bien de todos por encima de lo inmediato.

Y ahora llega una norma nueva que promete arreglar parte de este desastre: a partir de noviembre de 2026, cada botella de plástico, cada lata, cada brik de agua, zumo o cerveza llevará un depósito de diez céntimos que se recupera al devolver el envase vacío. Sobre el papel suena bien. En la práctica, nadie ha explicado cómo va a funcionar en la vida real de una casa pequeña, de un piso de barrio sin trastero ni terraza. ¿Dónde se guardan veinte, treinta envases vacíos mientras se acumulan días, esperando el viaje al supermercado que los acepte? ¿Quién va a bajar a diario, lata por lata, hasta la máquina de devolución más cercana? Porque entre el olor que ya deja un envase de cerveza a las pocas horas y el cristal que no se puede simplemente tirar por la ventana, lo más probable es que termine, igual que ahora, en la bolsa de la basura de toda la vida, depósito perdido incluido. ¿De quién surgió esta brillante idea que no tuvo presente la razón ni la evaluación de dispares comportamientos ni sus consecuencias?

Y si no termina en la basura, terminará en la calle, otra vez, pero esta vez con un incentivo extra: el envase ya no es solo basura, ahora vale dinero. No haría falta mucha imaginación para ver crecer, en paradas de autobús, bocas de metro, portales y bajo los árboles, un negocio callejero de recogida de envases, gente buscando entre papeleras y aceras lo que otros no se han molestado en devolver. Y quizás hasta vuelva, en algún barrio, la vieja estampa similar al grito en las calles llamando al "sereno", ya extinto… el renacer adaptado del "botellero", pero a grito pelao desde el balcón —"¡aquí, puerta diez, tengo varios botes!"— mientras el vecino de abajo se pregunta si esa es la solución moderna a un problema que un gobierno con visión debería haber resuelto con educación, no con improvisación. Porque la verdadera solución no era un depósito de diez céntimos, era la que nunca llegó a tiempo: campañas claras, información sostenida, educación desde la infancia, y sanciones reales para quien ensucia, en vez de premios económicos disfrazados de ecología para quien apenas cumple lo mínimo.

Y queda la pregunta de fondo, la que de verdad incomoda: ¿se recicla realmente lo que se separa con tanto cuidado en casa? España recoge, según los últimos datos, poco más del 40% de los envases de bebida que pone en el mercado, muy lejos del 77% que exigía la Unión Europea para 2025. Organizaciones ambientales llevan años señalando que las cifras oficiales de reciclaje no se sostienen ante auditorías independientes, y hay quien ha visto con sus propios ojos camiones de recogida selectiva mezclándolo todo de nuevo, vaciando en un mismo compartimento lo que el vecino separó con paciencia en distintos contenedores. No hay forma de confirmar cada caso, pero la desconfianza no nace de la nada: nace de cifras que no cuadran y de un sistema que durante años ha tenido más interés en parecer que recicla que en demostrarlo.

Las ciudades no caen de golpe. Caen despacio, barrio a barrio, pulmón a pulmón, generación a generación, mientras quienes deberían cuidarlas se limitan a cobrar la entrada, y ahora también el depósito de la salida.

Y para no terminar, ahí va una escena que cualquiera ha visto alguna vez, sin nombres pero con un parecido copia de nuestra realidad: el alcalde inaugura, tijera en mano, una rotonda nueva con farolas de diseño italiano en la avenida más fotografiada de la ciudad, rodeado de cámaras, lazo rojo y discurso sobre "modernidad y futuro", presumiendo de ciudad con zonas verdes. A tres calles de allí, en el barrio de toda la vida, el mismo contenedor desbordado que nadie vacía los fines de semana sigue sin vaciarse, la misma farola fundida desde hace dos inviernos sin arreglarse, el mismo socavón que esquivan los vecinos de memoria —otros se accidentaron, algunos ni se molestan en demandar al sistema que provocó el accidente porque saben que los pleitos se confeccionan eternos para disuadir las indemnizaciones—. Si le preguntas por qué, te dirá que "esa zona no es prioritaria este trimestre". La prioridad, como siempre, tiene la misma dirección que las cámaras.