No comprendo cómo estando en pleno siglo XXI, en pueblos,
pequeñas y grandes ciudades, sigan sin rumbo, pasando frío y hambre y buscando
afecto gatos y perros totalmente desamparados.
Desde muy niña les tuve afecto. He recogido de la calle a
algunos al no poder aguantar verlos desorientados, abandonados y sin rumbo. Si
la mayoría de los humanos conocieran bien cómo son, qué cualidades tienen, esa
capacidad que poseen para saber si te encuentras mal, cómo te dan calor para
reducir con su ronroneo aquella parte de ti que duele y esa compañía constante
y grata tan solo por estar a tu lado, se les apreciaría y valoraría más.
Centros aislados: la barrera del transporte público
En Valencia, en el extrarradio, hay algunos centros de acogida y
da pena acercarse allí y ver, pese al gran esfuerzo de los voluntarios y
veterinarios que los atienden, el lugar tan frío y la falta de instalaciones
adecuadas. Primero hay que decir que llevan años así. Además, para desplazarte
tienes que tener un vehículo propio para poder llegar; eso limita a muchísimas
personas que desearían pasar un domingo contribuyendo a ayudarles, bañándolos,
paseándolos, cepillándolos, hablándoles y acariciándolos.
Es incomprensible que el Ayuntamiento de Valencia y los
servicios de transportes de la ciudad, en tantísimos años, no hayan visto la
necesidad imperiosa de establecer servicios públicos de ida y vuelta. No existe
forma de ir en transporte público a varios centros porque están totalmente
apartados, en el extrarradio de los núcleos urbanos.
"Si hubiera transporte público, al menos los fines de
semana, y se acondicionaran los refugios de animales, podría acudir infinidad
de personas que de verdad aman a los animales."
Un beneficio mutuo que la administración frena
Si se facilitara el acceso, darías calor humano a un ser
necesitado y, a cambio, tendríamos el beneficio de la gratitud que ellos
siempre dan al instante. No olvidemos que ellos, cuando el humano se entrega,
aunque la ayuda sea escasa, transmiten un agradecimiento tan profundo que nos
llega a lo más hondo de nuestro interior.
Pasar un día en un centro de acogida no debería ser una odisea
logística, sino un acto de civismo accesible para todos. Si las
administraciones facilitaran estos trayectos mediante líneas regulares o
lanzaderas de fin de semana, no solo se aliviaría la tremenda carga de trabajo
de los voluntarios actuales, sino que multiplicaríamos las oportunidades de
adopción.
Al final, abrir el camino físico hacia los refugios es abrir una
puerta a la compasión; un puente necesario para que ninguna mirada de desamparo
vuelva a quedarse sin respuesta en los márgenes de nuestra ciudad.
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