Este texto va dirigido al dolor de lo
ausente. A ese sufrimiento invisible que muchos se niegan a reconocer porque no
habla nuestro idioma, porque no tiene voz humana, porque no puede pedir
auxilio.
El fuego no discrimina. Cuando la llama
avanza por el monte, alimentada por un descuido humano, arde la vida en su
estado más puro. El verdadero horror ocurre allí donde los informativos no
llegan: en las madrigueras subterráneas, en las copas de los árboles, en los
nidos ocultos entre la maleza. Allí donde millones de seres viven, sienten,
temen… y mueren sin que nadie pronuncie sus nombres.
Ellos no tienen la culpa de nuestras
negligencias. Vivían en paz, custodiando la tierra que nosotros descuidamos.
Si aguzamos el oído entre la ceniza,
aún podemos escuchar el eco de las voces que fueron abrazadas por el fuego y
enterradas bajo el polvo gris. Voces que nunca supimos escuchar porque crecimos
creyendo que solo el dolor humano era real.
Los humanos llevamos demasiado tiempo
caminando con los oídos tapados por nuestra soberbia. Pensamos que solo
nuestras lágrimas humedecen la tierra, que solo nuestros gritos merecen
atención. Qué ignorancia tan cruel.
Ellos no provocaron el cambio
climático, ni arrojaron la colilla, ni abandonaron los campos. Ellos viven en
paz cuidando la tierra que nosotros destruimos. Su dolor es un grito sordo
ahogado por el humo; su mirada, pánico al ver cómo su hogar se convierte en un
infierno en segundos.
Callar su sufrimiento es hacernos
cómplices. Aceptar que no somos los únicos que sienten es el primer paso para
protegerlos. Escuchar su silencio es la única forma de empezar a pedirles
perdón.
El milagro de la nobleza sin rencor
Y, aun así, tras el paso del monstruo,
emerge la lección más grande. La naturaleza posee una nobleza que apenas
logramos comprender. A pesar de nuestros actos destructivos, de nuestros
descuidos y de nuestra indiferencia, la tierra no guarda rencor. No conspira
contra nosotros. No se venga.
La humildad de la naturaleza se
mantiene intacta. En cuanto cae la primera gota de lluvia sobre el suelo
calcinado, el milagro comienza. La pequeña semilla reacciona, olvida el pasado
y despierta. Un brote verde atraviesa la costra de ceniza y la vida vuelve a
estallar, ofreciéndonos alimento, oxígeno y agua: todo aquello que necesitamos
para sobrevivir.
Nos devuelve amor allí donde sembramos
muerte. Nos ofrece generosidad donde nosotros dejamos cicatrices. Nos regala
vida mientras nosotros enterramos millones de voces en silencio.
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