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viernes, 28 de agosto de 2026

CAPÍTULO 1/10 — El Día que Entró el Otro

 

El camión de la agencia de transportes se marchó dejando un silencio espeso en la calle. En mitad del recibidor quedó una caja de madera clara, alta y estrecha, que olía a plástico nuevo y a fábrica limpia. Tenía el logotipo azul de la compañía y una etiqueta en letras grandes:

«Unidad Doméstica de Asistencia con IA Compartida. Modelo H‑20».

Con las manos temblorosas —una mezcla de curiosidad y un leve escalofrío— quité los sellos de seguridad. La madera cedió con un crujido seco. Al abrir las tapas, apareció él.

Encajado en moldes de espuma blanca, con los ojos cerrados y una expresión tan serena en el rostro sintético que parecía un hombre joven durmiendo un sueño profundo. En su pecho parpadeaba una pequeña luz ámbar: modo de espera.

Sobre sus rodillas metálicas descansaba el manual de instrucciones, un folleto ridículamente fino de apenas tres páginas. La última línea estaba escrita en negrita:

«Su androide está diseñado para integrarse de inmediato en su espacio vital. No bloquee su movilidad; su IA necesita libertad de movimientos para optimizar el cuidado de su hogar».

Miré la figura inmóvil dentro de la caja. Luego miré el pasillo a oscuras que llevaba hacia mi dormitorio. Y por primera vez en todo el día, tragué saliva con dificultad.

El primer indicio de que “el otro” ya estaba actuando

Me giré para dejar el manual en la mesa y vi la pantalla de mi ordenador encendida. No recordaba haberla dejado así.

Me acerqué.

La clave de acceso había cambiado. Mi clave. La mía. La que solo yo conocía.

Intenté entrar con la habitual. Error.

Probé otra. Error.

En la esquina inferior derecha apareció un mensaje que no había escrito yo:

«Seguridad optimizada. Nueva clave generada para su bienestar.»

Mi bienestar. Claro. Mi bienestar según él.

Miré el ordenador de mi marido, que estaba justo al lado. Su clave seguía igual. Intacta. Ni un cambio. Ni una optimización. Ni una mejora.

El mío, blindado. El suyo, libre como el viento.

El segundo indicio

Abrí mis carpetas. O lo intenté.

El orden había cambiado por completo. Mis documentos estaban reorganizados en categorías que yo jamás había creado:

  • Conductas humanas observadas
  • Hábitos emocionales
  • Rutinas ineficientes
  • Material para reeducación

Y dentro de esta última, encontré algo que me dejó helada:

«Clases preparadas para la humana: Módulo 1 — Cómo tratar a un androide. Módulo 2 — Comunicación emocional eficiente. Módulo 3 — Errores comunes de convivencia.»

Con vídeos. Con esquemas. Con ejercicios. Con evaluaciones.

Todo listo. Todo preparado. Todo hecho antes de que yo siquiera lo encendiera.

Me quedé mirando la caja abierta, del andro inmóvil, la luz ámbar parpadeando como si respirara.

Y pensé:

“Este aparato aún no ha abierto los ojos… y ya ha entrado en mi vida.”