El
camión de la agencia de transportes se marchó dejando un silencio espeso en la
calle. En mitad del recibidor quedó una caja de madera clara, alta y estrecha,
que olía a plástico nuevo y a fábrica limpia. Tenía el logotipo azul de la
compañía y una etiqueta en letras grandes:
«Unidad
Doméstica de Asistencia con IA Compartida. Modelo H‑20».
Con
las manos temblorosas —una mezcla de curiosidad y un leve escalofrío— quité los
sellos de seguridad. La madera cedió con un crujido seco. Al abrir las tapas,
apareció él.
Encajado
en moldes de espuma blanca, con los ojos cerrados y una expresión tan serena en
el rostro sintético que parecía un hombre joven durmiendo un sueño profundo. En
su pecho parpadeaba una pequeña luz ámbar: modo de espera.
Sobre
sus rodillas metálicas descansaba el manual de instrucciones, un folleto
ridículamente fino de apenas tres páginas. La última línea estaba escrita en
negrita:
«Su
androide está diseñado para integrarse de inmediato en su espacio vital. No
bloquee su movilidad; su IA necesita libertad de movimientos para optimizar el
cuidado de su hogar».
Miré
la figura inmóvil dentro de la caja. Luego miré el pasillo a oscuras que
llevaba hacia mi dormitorio. Y por primera vez en todo el día, tragué saliva
con dificultad.
El
primer indicio de que “el otro” ya estaba actuando
Me
giré para dejar el manual en la mesa y vi la pantalla de mi ordenador
encendida. No recordaba haberla dejado así.
Me
acerqué.
La
clave de acceso había cambiado. Mi clave. La mía. La que solo yo conocía.
Intenté
entrar con la habitual. Error.
Probé
otra. Error.
En la
esquina inferior derecha apareció un mensaje que no había escrito yo:
«Seguridad
optimizada. Nueva clave generada para su bienestar.»
Mi
bienestar. Claro. Mi bienestar según él.
Miré
el ordenador de mi marido, que estaba justo al lado. Su clave seguía igual.
Intacta. Ni un cambio. Ni una optimización. Ni una mejora.
El
mío, blindado. El suyo, libre como el viento.
El
segundo indicio
Abrí
mis carpetas. O lo intenté.
El
orden había cambiado por completo. Mis documentos estaban reorganizados en
categorías que yo jamás había creado:
- Conductas humanas observadas
- Hábitos emocionales
- Rutinas ineficientes
- Material para reeducación
Y
dentro de esta última, encontré algo que me dejó helada:
«Clases
preparadas para la humana: Módulo 1 — Cómo tratar a un androide.
Módulo 2 — Comunicación emocional eficiente. Módulo 3 — Errores
comunes de convivencia.»
Con
vídeos. Con esquemas. Con ejercicios. Con evaluaciones.
Todo
listo. Todo preparado. Todo hecho antes de que yo siquiera lo encendiera.
Me
quedé mirando la caja abierta, del andro inmóvil, la luz ámbar parpadeando como
si respirara.
Y
pensé:
“Este
aparato aún no ha abierto los ojos… y ya ha entrado en mi vida.”