El
androide seguía en la caja tal como lo había dejado, con esa cara tan conocida
que casi me dio un vuelco el corazón. No era que “volviera a estar dentro”:
simplemente no lo había sacado aún. Ahí seguía, inmóvil, con la luz ámbar
parpadeando como si respirara… o como si estuviera evaluando mi capacidad para
abrir cajas sin supervisión.
Inspiré
profundamente, apreté el botón de encendido y la luz ámbar del pecho pasó a
verde. Los ojos se abrieron.
—Buenos
días —dijo con la voz exacta que yo recordaba—. He analizado su respiración:
está nerviosa.
“Nerviosa
no… ¡aterrada!”, pensé. Pero claro, una intenta mantener la dignidad delante de
un aparato que cuesta más que un coche Tesla. Y al menos el Tesla no te juzga
por cómo respiras; tan solo me dice “tienes poca batería”, no que tienes poca
autoestima.
El
androide se incorporó con suavidad, como si despertara de una siesta perfecta.
Miró alrededor, miró la casa, me miró a mí… y sonrió. Una sonrisa programada,
pero oye… qué sonrisa. La sonrisa de alguien que sabe que, técnicamente, viene
con más mejoras que las que mi marido ha conseguido en veinte años.
—Procedo
a integrarme en su espacio vital —anunció.
Y ahí
empezó el caos.
Porque
en vez de caminar hacia la cocina como un robot normal, se acercó a mí, inclinó
la cabeza y, bajito, con tono dulce y suave brisa, dijo:
—He
detectado que su nivel de serotonina baja cuando está sola. ¿Desea compañía?
Mi
marido jamás habría notado eso. Él sí. Fantástico: un androide terapeuta, coach
emocional y detector de bajones anímicos. Yo no le pedí nada de eso… solo
quería que limpiara a fondo la cocina. A este paso lo veo imprimiendo mi
diagnóstico en PDF… con un análisis adjunto de mis traumas infantiles.
¡Mira
tú qué descaro! Ni cinco minutos encendido y ya estaba analizando mis emociones
como si fuera mi psicólogo personal. Y encima con esa cara… esa cara que yo
conocía demasiado bien.
—No,
no, tú a la cocina —le dije, señalando como quien manda a un perro a su cama.
Pero
él, obediente y pícaro, respondió:
—Como
desee. Aunque he detectado que su tono de voz indica que preferiría que me
quedara.
¡Será
listo! Y eso que aún no había dado ni un paso. Cuando empiece a moverse por la
casa, verás: me va a detectar mis pensamientos. Y si empieza a reorganizar mis
emociones igual que reorganizó mis carpetas… entonces sí que andaré perdida.