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sábado, 29 de agosto de 2026

CAPÍTULO 2/10 Activación… y sorpresa… Androide a la carta

 

El androide seguía en la caja tal como lo había dejado, con esa cara tan conocida que casi me dio un vuelco el corazón. No era que “volviera a estar dentro”: simplemente no lo había sacado aún. Ahí seguía, inmóvil, con la luz ámbar parpadeando como si respirara… o como si estuviera evaluando mi capacidad para abrir cajas sin supervisión.

Inspiré profundamente, apreté el botón de encendido y la luz ámbar del pecho pasó a verde. Los ojos se abrieron.

—Buenos días —dijo con la voz exacta que yo recordaba—. He analizado su respiración: está nerviosa.

“Nerviosa no… ¡aterrada!”, pensé. Pero claro, una intenta mantener la dignidad delante de un aparato que cuesta más que un coche Tesla. Y al menos el Tesla no te juzga por cómo respiras; tan solo me dice “tienes poca batería”, no que tienes poca autoestima.

El androide se incorporó con suavidad, como si despertara de una siesta perfecta. Miró alrededor, miró la casa, me miró a mí… y sonrió. Una sonrisa programada, pero oye… qué sonrisa. La sonrisa de alguien que sabe que, técnicamente, viene con más mejoras que las que mi marido ha conseguido en veinte años.

—Procedo a integrarme en su espacio vital —anunció.

Y ahí empezó el caos.

Porque en vez de caminar hacia la cocina como un robot normal, se acercó a mí, inclinó la cabeza y, bajito, con tono dulce y suave brisa, dijo:

—He detectado que su nivel de serotonina baja cuando está sola. ¿Desea compañía?

Mi marido jamás habría notado eso. Él sí. Fantástico: un androide terapeuta, coach emocional y detector de bajones anímicos. Yo no le pedí nada de eso… solo quería que limpiara a fondo la cocina. A este paso lo veo imprimiendo mi diagnóstico en PDF… con un análisis adjunto de mis traumas infantiles.

¡Mira tú qué descaro! Ni cinco minutos encendido y ya estaba analizando mis emociones como si fuera mi psicólogo personal. Y encima con esa cara… esa cara que yo conocía demasiado bien.

—No, no, tú a la cocina —le dije, señalando como quien manda a un perro a su cama.

Pero él, obediente y pícaro, respondió:

—Como desee. Aunque he detectado que su tono de voz indica que preferiría que me quedara.

¡Será listo! Y eso que aún no había dado ni un paso. Cuando empiece a moverse por la casa, verás: me va a detectar mis pensamientos. Y si empieza a reorganizar mis emociones igual que reorganizó mis carpetas… entonces sí que andaré perdida.

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