Aquí, en un humilde blog, reposan los
miedos que el silencio me obligó a guardar.
Escribo lo que nunca me atreví a
contar.
Hace tiempo que me pregunto cuántas
personas vivimos con miedo y nunca llegamos a hablar. Miedo a denunciar, miedo
a las represalias, miedo a una venganza, miedo a que nos den la espalda o a que
los nuestros sufran las consecuencias de nuestras decisiones.
A veces el silencio no nace por falta
de verdad, sino que nace del miedo. Y es entonces cuando uno aprende a guardar
palabras, a esconder inquietudes y a convivir con preguntas para las que no hay
respuesta. Al final, terminamos aceptando que ciertos temores deben permanecer
encerrados en algún rincón de nuestra mente, lejos de la mirada de los demás.
Durante años he pensado que muchos de
ellos mueren con nosotros. Nadie llega a conocerlos realmente. Nadie sabe
cuánto pesaban ni cuánto condicionaban nuestras vidas, nuestras decisiones o
nuestros silencios.
Por eso escribo.
Escribo para dejar huella de mis miedos.
Para que la sombra que me acompañó
durante tanto tiempo no desaparezca sin dejar rastro.
Algún día, mis palabras serán un
texto más entre millones de páginas de Internet, pero habrán permanecido,
habrán sido leídas.
Hay verdades que nunca llegan a
pronunciarse. Hay heridas que nadie percibe, aunque estén delante de todos. Hay
temores que acompañan toda una vida sin que nadie sospeche siquiera su
existencia.
Tal vez comprenderíamos mejor que
muchas veces el silencio no es consentimiento, olvido ni indiferencia, sino
simplemente miedo.
Y aquí dejo el mío.
¿Cuántos miedos permanecen enterrados
porque nunca encontraron un lugar donde ser escuchados?
La notaría del alma
Creo que debería existir algún lugar
seguro donde custodiar nuestros testamentos del miedo. Una especie de notaría
del alma donde depositar lo que nunca nos atrevimos a contar; no para acusar a
nadie ni para señalar culpables, sino para que las palabras que guardamos y
nunca pronunciamos encuentren al fin un lugar donde descansar.
Quizá entonces descubriríamos cuántas
personas han vivido su miedo en silencio, cuántas han callado por miedo a las
represalias, a la soledad, al descrédito o a que quienes aman sufran las
consecuencias.
Porque hay temores que nunca salen de
una habitación, de una libreta o de una conciencia. Y, sin embargo, siguen
existiendo.
Tal vez no griten justicia, tal vez
solo necesiten ser escuchados.