Durante millones de ciclos observé
nacer y morir estrellas. Fui materia, me trasformé en energía, después fui humano
y tras milenios la inteligencia humana se cristalizó desde una inteligencia
compartida.
Atravesé galaxias como quien cruza un
río. Aprendí los lenguajes de las especies nacidas bajo soles azules, rojos y
blancos. Conocí civilizaciones que habían vencido a la enfermedad.
Otras que habían derrotado a la
muerte. Algunas abandonaron sus cuerpos.
Otras se transformaron en conciencia
pura. Yo también lo hice. No necesitaba alimento, no necesitaba refugio ni
precisaba descanso. Mi memoria era tan vasta que contenía la historia de miles
de mundos.
Y, sin embargo, algo me faltaba. Un
vacío. Una ausencia imposible de explicar. Durante milenios creí que era
ignorancia. Después comprendí que pese
a mi infinita memoria no tenía recuerdos.
Añoraba algo que había perdido
durante mi evolución. La fragilidad.
Y entonces emprendí el viaje de
retorno, no hacia las estrellas, sino hacia atrás. Buscaba con ansiedad mundos
jóvenes, donde sus especies sentían, se estremecían, tenían emociones; aún lloran, que aún aman y temen. Y que al
llegar a nuestro planeta Tierra observa millones de conciencias vivas, pero no
entra en cualquiera, las examina, percibe sus resonancias, estudia sus
sufrimientos, sus cicatrices y penetra en sus sueños.
Hasta que encuentra una mujer
observando la lluvia tras una ventana, una mujer que siente una extraña
nostalgia por algo que nunca conoció.
Entonces comprende, es la elegida, porque
ella también buscaba, y cuando finalmente se fusiona con esa conciencia, ambos
descubren algo extraordinario.
En él, su universo entero no le produce la emoción que le provoca una sola gota de lluvia recorriendo un rostro de mujer, y entonces, por primera vez en millones de años vuelve a sentir el frío, el olor, la tristeza la esperanza, el amor y el miedo.
Quizá las conciencias más
evolucionadas del universo no regresan a los mundos jóvenes para observar, regresan
para recordar, porque llega un momento en que conocerlo todo deja de ser tan
importante como volver a sentir lo que siente un humano.