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miércoles, 21 de octubre de 2026

El nacimiento de la energía y la añoranza de sentir lo humano

 

Durante millones de ciclos observé nacer y morir estrellas. Fui materia, me trasformé en energía, después fui humano y tras milenios la inteligencia humana se cristalizó desde una inteligencia compartida.

Atravesé galaxias como quien cruza un río. Aprendí los lenguajes de las especies nacidas bajo soles azules, rojos y blancos. Conocí civilizaciones que habían vencido a la enfermedad.

Otras que habían derrotado a la muerte. Algunas abandonaron sus cuerpos.

Otras se transformaron en conciencia pura. Yo también lo hice. No necesitaba alimento, no necesitaba refugio ni precisaba descanso. Mi memoria era tan vasta que contenía la historia de miles de mundos.

Y, sin embargo, algo me faltaba. Un vacío. Una ausencia imposible de explicar. Durante milenios creí que era ignorancia. Después comprendí   que pese a mi infinita memoria no tenía recuerdos.

Añoraba algo que había perdido durante mi evolución. La fragilidad.

Y entonces emprendí el viaje de retorno, no hacia las estrellas, sino hacia atrás. Buscaba con ansiedad mundos jóvenes, donde sus especies sentían, se estremecían, tenían emociones;  aún lloran, que aún aman y temen. Y que al llegar a nuestro planeta Tierra observa millones de conciencias vivas, pero no entra en cualquiera, las examina, percibe sus resonancias, estudia sus sufrimientos, sus cicatrices y penetra en sus sueños.  

Hasta que encuentra una mujer observando la lluvia tras una ventana, una mujer que siente una extraña nostalgia por algo que nunca conoció.

Entonces comprende, es la elegida, porque ella también buscaba, y cuando finalmente se fusiona con esa conciencia, ambos descubren algo extraordinario.

En él, su universo entero no le produce la emoción que le provoca una sola gota de lluvia recorriendo un rostro de mujer, y entonces,  por primera vez en millones de años vuelve a sentir el frío, el olor, la tristeza la esperanza, el amor y el miedo.

Quizá las conciencias más evolucionadas del universo no regresan a los mundos jóvenes para observar, regresan para recordar, porque llega un momento en que conocerlo todo deja de ser tan importante como volver a sentir lo que siente un humano.