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sábado, 17 de octubre de 2026

Testamento del Miedo

 

Aquí, en un humilde blog, reposan los miedos que el silencio me obligó a guardar.

Escribo lo que nunca me atreví a contar.

Hace tiempo que me pregunto cuántas personas vivimos con miedo y nunca llegamos a hablar. Miedo a denunciar, miedo a las represalias, miedo a una venganza, miedo a que nos den la espalda o a que los nuestros sufran las consecuencias de nuestras decisiones.

A veces el silencio no nace por falta de verdad, sino que nace del miedo. Y es entonces cuando uno aprende a guardar palabras, a esconder inquietudes y a convivir con preguntas para las que no hay respuesta. Al final, terminamos aceptando que ciertos temores deben permanecer encerrados en algún rincón de nuestra mente, lejos de la mirada de los demás.

Durante años he pensado que muchos de ellos mueren con nosotros. Nadie llega a conocerlos realmente. Nadie sabe cuánto pesaban ni cuánto condicionaban nuestras vidas, nuestras decisiones o nuestros silencios.

Por eso escribo.

Escribo para dejar huella de mis miedos.

Para que la sombra que me acompañó durante tanto tiempo no desaparezca sin dejar rastro.

Algún día, mis palabras serán un texto más entre millones de páginas de Internet, pero habrán permanecido, habrán sido leídas.

Hay verdades que nunca llegan a pronunciarse. Hay heridas que nadie percibe, aunque estén delante de todos. Hay temores que acompañan toda una vida sin que nadie sospeche siquiera su existencia.

Tal vez comprenderíamos mejor que muchas veces el silencio no es consentimiento, olvido ni indiferencia, sino simplemente miedo.

Y aquí dejo el mío.

¿Cuántos miedos permanecen enterrados porque nunca encontraron un lugar donde ser escuchados?

 

La notaría del alma

Creo que debería existir algún lugar seguro donde custodiar nuestros testamentos del miedo. Una especie de notaría del alma donde depositar lo que nunca nos atrevimos a contar; no para acusar a nadie ni para señalar culpables, sino para que las palabras que guardamos y nunca pronunciamos encuentren al fin un lugar donde descansar.

Quizá entonces descubriríamos cuántas personas han vivido su miedo en silencio, cuántas han callado por miedo a las represalias, a la soledad, al descrédito o a que quienes aman sufran las consecuencias.

Porque hay temores que nunca salen de una habitación, de una libreta o de una conciencia. Y, sin embargo, siguen existiendo.

Tal vez no griten justicia, tal vez solo necesiten ser escuchados.